miércoles, 26 de enero de 2011

Dono

Me senté en el sofá después de fregar los platos de la cena. Álvaro me pasó el brazo por los hombros y se recostó sobre mí. Empezaba a agobiarme el calor de su cuerpo mientras en la televisión un hombre irritante gritaba a cada minuto los goles, los pases y los nombres de jugadores que no conocía. Como siempre, mi mente voló a otro lugar lejos del partido y la rutina y esperé pacientemente a que Álvaro se durmiera. Como un reloj, a los 10 minutos empecé a escuchar sus rítmicos ronquidos que iban subiendo en intensidad por momentos. Cogí el mando a distancia y fui pasando mecánicamente de canal. Cuando ya había dado dos vueltas a todos los canales de la TDT sin decantarme por ninguno, sonó el timbre. Álvaro se despertó sobresaltado y se incorporó asustado del sofá.
-          ¿Esperas a alguien? – me dijo.
-          Que va ¿A estas horas?
-          Pues yo tampoco. Voy a abrir.
Se acercó a la puerta tambaleándose y la abrió justo cuando volvía a sonar el timbre.
-          Hola, ¿quién es usted?
-          Buenas noches ¿Vive aquí Ana?
Me quedé petrificada en el sofá. Si hubiera estado de pie, me hubiese caído al suelo. Esa voz había vuelto a mi memoria tantas veces durante los últimos dos años que no sabía si la había escuchado  realmente o la había recreado. Unos ojos verdes surcados de arrugas, un pelo largo, una barba bien recortada, una paleta montada sobre otra que quedaba al descubierto cuando los labios se curvaban en una sonrisa. Tantas imágenes a la vez que estaba a punto de sufrir un colapso.
-          Ana ¿me escuchas? – me decía Álvaro con gesto impaciente.
-          Sí, sí perdona ¿qué decías?
-          Preguntan por ti, no sé quién es.
Me acerqué a la puerta contando los pasos. Uno, dos, tres, cuatro… ¡qué pequeño se me hacía el piso en este momento! Respiré hondo y asomé la cabeza por el marco de la puerta. Nada me había preparado para ver esa imagen de nuevo. Vi cómo se iluminaba su cara con una de esas sonrisas que tanto había añorado y, sin mediar palabra, se abalanzó sobre mí y me abrazó. Si verle me impactó, su olor me dejó sin respiración. Mis ojos se llenaron de lágrimas mientras hundía la nariz en su pelo, mucho más corto que hacía dos años. Necesitaba absorber hasta la más mínima esencia tan característica, tan familiar, tan cercana… Se apartó un poco de mí pero mantuvo su mano en mi cintura.
-          Estás preciosa, que bien te queda ese pelo y esas gafas y… ¡y ese pijama! Te he echado de menos, Ana.
-          ¡Pero tú te has visto! Y yo que tenía miedo a que te cortaras la melena ¡Te queda muy bien! Y estás más moreno, con lo blanquito que has sido tú siempre.
Vi cómo la sonrisa se congelaba en su rostro y se apartaba de mí quitando la mano de mi cintura. La desilusión se extendió por todo mi cuerpo hasta que recordé que Álvaro continuaba de pie detrás de mí. Me di la vuelta rápidamente.
-          Álvaro, este es Iker – dije con una voz demasiado chillona.
-          Encantado – Dijo Iker mientras extendía la mano con una sonrisa cordial.
Álvaro titubeó visiblemente molesto pero pareció decidir que era mejor acabar con todo aquello y estrechó su mano quizá un poco más fuerte de lo que dicta la buena educación. Iker no pareció darse por enterado del ambiente hostil que se estaba generando a nuestro alrededor.
-          Bueno, os preguntareis qué estoy haciendo aquí… Acabo de venir de Sevilla, he estado un año y medio viviendo allí y necesito un sitio para pasar la noche.
Los dientes de Álvaro chocaron ruidosamente pero me adelanté a su reacción.
-          ¡Claro que sí! Tenemos sitio de sobra, hay una habitación de invitados al lado de la mía.
-          De la nuestra – rectificó rápidamente Álvaro.
-          Sí, sí, claro. Nuestra.
Abrí más la puerta para dejarle pasar y le señalé la habitación de enfrente; el cuarto de invitados. Le acompañé hasta allí y abrí el armario para coger sábanas limpias y hacer la cama. Él me ayudó como tantas otras veces tiempo atrás y cuando terminamos fuimos hacia el salón. Álvaro estaba sentado con la espalda recta y rígido como un palo.
-          Qué, ¿habéis terminado? – dijo prácticamente escupiendo las palabras.
-          Sí, ya hemos hecho la cama.
-          Bueno, pues ya podemos irnos a dormir ¿no?
-          Sí, claro yo también estoy cansado – dijo Iker. Si estaba molesto, no lo parecía.
Álvaro se levantó y se metió en el cuarto. Nuestro cuarto. Iker también se dirigió al suyo pero, en el umbral, se dio la vuelta y me miró sonriendo. Sólo fueron unos segundos pero el estómago me dio un vuelco. Cuando cerró su puerta me quedé parada, entre los dos cuartos. Quería echar a correr o dormir en el sofá o cualquier cosa menos lo que hice. Ir a mi habitación, nuestra habitación, y cerrar la puerta. Él ya estaba metido en la cama y me daba la espalda. Sin quitarme el pijama me metí bajo las sábanas y cerré los ojos muy fuerte como si eso fuera a hacer que me durmiera antes.
-          ¿Duermes con ropa? – me dijo muy serio.
-          Sí, tengo algo de frío.
Álvaro se dio la vuelta y metió la mano bajo mi camiseta mientras me mordisqueaba la oreja.
-          Estoy cansada. Además, no me encuentro muy bien. Quiero dormir.
-          Que casualidad que justo hoy que ha aparecido ese en mi casa estés cansada y no te encuentres bien. ¿Quién es?
-          Es un chico que conocí hace un tiempo.
-          ¿Que conociste? ¿Y qué más hiciste, aparte de conocerle?
-          Bueno, Álvaro, estuve con él un poco más de un año. Déjame dormir, por favor, mañana me quiero levantar pronto.
-          ¡Pero si mañana no trabajas!
-          Ya lo sé, pero quiero aprovechar el día. Buenas noches.
No me contestó, se dio la vuelta con un movimiento brusco y a los 5 minutos ya estaba roncando. Siempre envidié esa facilidad para quedarse dormido en cualquier situación. Yo me abracé a la almohada y me preparé para una de mis noches de imaginaria.
A la mañana siguiente, me levanté y fui directa al baño. Me miré al espejo y pude ver los efectos de la noche en vela: unas oscuras ojeras marcaban mis ojos hinchados. Fui a la cocina y me puse a exprimir naranjas distraídamente mientras intentaba leerme un libro. Cuando había pasado por el mismo párrafo cinco veces desistí, cogí mi zumo y me senté en una de las sillas altas de la cocina. Oí el ruido de una puerta al abrirse a mi espalda y me di la vuelta. Iker salió con el pelo revuelto y sin camiseta, dejando ver el gran tatuaje que yo recordaba y que recorría su brazo derecho y la mitad de su pecho y otro nuevo que ocupaba el antebrazo izquierdo. Se acercó a mí en silencio, me dio un beso en la mejilla y cogió mi vaso de zumo.
-          Oye, ese es mío – protesté.
-          ¿Así cuidas de tus invitados?
-          Iba a prepararte uno.
-          Sabes que siempre he preferido el tuyo.
Le sonreí. Claro que lo sabía. Siempre se comía las patatas de mi plato, aunque el suyo estuviera rebosante; bebía de mi vaso y se llevaba a la boca las migas que se me caían a la mesa.
Álvaro pegó un portazo cuando salió de la habitación perfectamente vestido con su sobrio traje negro y peinado con litros y litros de gomina.
-          Me voy al trabajo – dijo
-          ¿No quieres desayunar?
-          No, tengo prisa. ¿Tú cuándo te vas? – espetó dirigiéndose a Iker
Iba a protestar por su falta de educación pero no tuve ocasión.
-          Me iba ya. Mi madre ya habrá llegado a su casa y tengo que ir a recoger mis cosas de la portería de su edificio y dejarlas allí.
No podía creerlo ¿se iba ya? No habíamos tenido ni un solo momento para estar a solas. Vi con desilusión cómo se metía en la habitación y salía con la chaqueta puesta y su pequeña mochila colgada del hombro.
-          Bueno, Ana, me ha encantado volver a verte. Muchas gracias por dejarme dormir en tu casa. Ha sido…
-          Bueno venga, te acompaño a la calle pero ya, que tengo prisa.
Iker me dio un fugaz beso en la mejilla y me susurró al oído
-          Dono…
Seguía sentada en esa silla media hora después de que se cerrase la puerta. Dono, ¿qué había querido decir con Dono? Me di un baño de espuma intentando relajarme pero era imposible, parecía que tenía un gato dentro de mí que se divertía arañando mis entrañas. Quien había descrito esa sensación como “mariposas en el estómago” estaba muy equivocado.
Me puse un cómodo pijama limpio y me senté frente al ordenador. Tecleé esa palabra rápidamente en Google y esperé. Dono era el nombre de una ONG, el del Papa que había ocupado el Vaticano entre el 676 y el 678, había varias noticias que incluían la palabra donó… pero nada que me indicase qué quería decir Iker. Permanecí en el ordenador dos horas antes de comer y tres después. Estaba desesperada, ya no sabía qué hacer.
A las 7 de la tarde me levanté derrotada y me tumbé en el sofá. Cogí el periódico del día anterior que descansaba sobre la mesita baja de fumador y lo abrí por la sección de cultura. Ojeé por encima varios artículos sobre la posible desaparición del papel frente al e-book, lo que no ocurría nunca y, cuando ya iba a cerrar el periódico, vi una foto de alguien que me resultaba familiar. Era una chica de aspecto cansado y largo pelo negro con varios mechones canosos que no se había molestado en teñir. Leí la pequeña reseña: “Maite Dono nos presentará su nuevo poemario en la sala Clamores el jueves 27 a las 8 de la noche”.
Di un salto, me vestí con un vestido negro de algodón y unas botas altas y planas del mismo color. Intenté taparme las ojeras con dudoso éxito y terminé de rematar con un poco de rimmel. Me miré al espejo. No estaba tan mal. Me puse la chaqueta, cogí el bolso y salí a la calle.
Cuando llegué a la sala Clamores estaba todo oscuro y ya había empezado el recital. Nerviosa miré a mi alrededor pero había demasiada gente allí y yo me había dejado las gafas sobre la mesa de la cocina. Maite Dono estaba en el escenario, rugiendo al micrófono, haciendo salir de su boca los sonidos guturales por los que yo la recordaba. De repente me sentí tonta ¿me había precipitado? ¿Qué hacía yo allí? ¿Por qué perseguía a alguien a quien no veía desde hacía dos años?
-          Nunca te ha gustado Maite Dono – Susurró una deliciosa voz en mi oído.
Me di la vuelta lentamente dispuesta a perderme en sus ojos verdes.
-          No he venido por el recital.

miércoles, 19 de enero de 2011

La maleta

Anillos de humo salían de sus labios. Se encontraba en una casa que no era la suya, en una cama que no era la suya, fumando un cigarrillo que no era suyo y al lado de una chica que no era la suya. ¿Cómo había llegado a esa situación?  Ella se lo había advertido: “Esta chica quiere algo contigo”, pero él lo había negado hasta el final. Cuando la encontró por la noche, lo invitó a una copa y empezó a insinuarse, no pudo decirle que no.
-          Esto no puede volver a pasar ¿lo sabes, no?
-          Es por ella ¿verdad?
-          Claro que es por ella. No puedo creer que le haya hecho esto.
-          Si la quieres tanto, ¿qué haces aquí?
-          No lo sé… ¡Joder, no lo sé!
Se levantó y empezó a vestirse. Su ropa estaba esparcida por toda la habitación, donde la habían ido tirando cuando llegaron de madrugada. Terminó de vestirse. Ella seguía en la cama, con el pecho desnudo y mirándolo insinuante.
-          Adiós
-          ¿No quieres despedirte bien?
-          Joder, ya vale. Déjame en paz.
-          Te veré en el restaurante
-          No voy a volver a ese restaurante. No sé cómo lo haré pero no pienso meterla ahí contigo.
-          Tú te lo pierdes
-          Ojala me lo hubiera perdido
Salió de esa habitación con el firme propósito de no volver más. Le dolía la cabeza, no sabía si por la resaca o por la culpa. Llegó a su casa y llamó al trabajo para decir que se encontraba mal, no podía ir en ese estado. Acto seguido la llamó a ella.
-          Hola, cariño
-          Hola, mi amor. ¿Qué tal ayer? ¿Lo pasaste bien?
-          Sí, bueno, estuvo bien pero ahora me encuentro un poco mal, no voy a ir a trabajar.
-          ¿Qué te pasa? Voy a llamar al trabajo ahora mismo para cogerme el día libre y voy a tu casa a cuidarte.
-          No te preocupes, estoy bien.
-          Da igual, voy para allí. Te quiero
-          Te quiero, mi vida.
Colgó el teléfono atormentado. ¿Por qué era tan buena con él, que no lo merecía? Tenía que contárselo todo. Si quería abandonarlo se lo tenía merecido.
A los 20 minutos llamaron a su puerta. Abrió y la vio aparecer sonriente con una maleta.
-          Hola, mi amor ¿cómo te encuentras? Me he traído la maleta para pasar contigo todo el fin de semana y poder cuidarte ¿te parece bien?
-          Claro que sí, pero ven, tenemos que hablar.
-          Uy, que mal me suena eso… ¿pasa algo?
-          Pasa que soy un cerdo – Dijo mientras se sentaban en el sofá.
Ella se puso tensa de repente
-          ¿Qué pasó ayer?
-          Prométeme que no vas a volverte loca.
-          No te prometo nada, habla ahora mismo.
-          Bueno… cuando iba a irme a casa me encontré con la chica esta que trabaja en el restaurante donde vamos todos los fines de semana…
-          ¿Y qué?
-          Me dijo que me invitaba a una copa y… me quedé un poco más.
-          Por favor, no me digas que te la has follado.
-          Lo siento… lo siento mucho. No podía callarme, no podía seguir contigo como si no hubiera pasado nada…
Ella se levantó de un salto mientras las lágrimas corrían por sus mejillas y cogió su maleta.
-          Por favor, no te vayas, quédate conmigo…
-          ¿Qué me quede contigo? ¡Eres un hijo de puta!
Salió de la casa llorando, no podía creerlo. Dos años juntos tirados a la basura. Lo sabía, se lo había dicho. Esa tía era una zorra. Le estaba buscando desde el primer día que les sirvió la comida. Sólo lo miraba a él, sólo le hablaba a él y siempre aprovechaba para llevar algo a la mesa cuando ella estaba en el baño… Él era un cabrón, estaba claro, pero esa tía era de la peor calaña. Siguió envenenándose con esos pensamientos todo el camino hasta su casa. Cuando llegó abrió su maleta y empezó a tirar su ropa por toda la habitación. Las lágrimas la cegaban, la rabia no la dejaba respirar… Casi pudo oírse un click en su cabeza. Cerró la maleta vacía, se levantó, la cogió y salió de su casa.
Ya no lloraba mientras iba andando de camino al restaurante. Ya no estaba triste, había tomado una decisión. Abrió la puerta y entró. Allí estaba ella, sola, secando unos vasos recién sacados del lavavajillas. Una sonrisa de bienvenida quedó congelada en su rostro.
-          Buenos días…
-          Déjate de cortesías, sabes por qué estoy aquí. Tienes cara de cansada ¿mucho ajetreo esta noche?
El rostro de la camarera pasó del terror a la suficiencia.
-          Lo siento tía, pero yo no tengo nada que ver. Él es mayorcito, podría haber dicho que no.
-          Y tú podrías haber dejado de buscarle, ¿no?
Dejó su maleta en mitad del salón y se acercó a ella. No podía creer que la mirase de esa manera tan desafiante, después de lo que le había hecho… Cuando se agachó para sacar una nueva bandeja de vasos del lavavajillas, aprovechó para coger una fuente que estaba encima de la barra y golpearla con todas sus fuerzas en la cabeza. La camarera se desplomó inconsciente ¿o estaba muerta? Se agachó y comprobó que tenía pulso; muy débil, pero ahí estaba. La sujetó por el pelo y volvió a golpearla contra el suelo. Así estaba mejor, ni rastro de pulso.
Salió del restaurante con un ligero rubor en las mejillas y paró a un taxi. El taxista, que estaba hacía mucho que no pisaba un gimnasio, sufrió lo suyo para meter la maleta en el coche. Cuando llegó a la casa de él tomó aire y subió las escaleras golpeando la maleta ruidosamente contra cada peldaño. Al abrirse la puerta le dedicó una de sus sonrisas más radiantes. Él le respondió con un abrazo y le cubrió la cara de besos.
-          Gracias, gracias, gracias… Lo siento tanto, te quiero tanto…
-          No te preocupes. Esto no cambia nada. Nuestra vida continuará como si nada hubiera pasado. Coge mi maleta. Tenemos trabajo que hacer.